reve historia de
amora 
l origen de Zamora
posiblemente haya que relacionarlo con los antiguos asentamientos
primitivos humanos que desde paleolítico colonizaron el valle
del Duero. Zamora después pasaría a ser una ciudad indígena en
el
territorio de los
"vacceos", un pueblo prerromano asentado en la zona
occidental de la meseta norte. La posición estratégica en el
paso del río Duero y encrucijada de caminos en la vía de la
plata (ruta que desde Mérida iba a Astorga), la convierten bajo
la dominación romana en mansión la "Occelum Durii" de
los itinerarios de la antigüedad.
Con la llegada de
los pueblos germanos a la Península ibérica, tras la
desaparición del imperio romano, suevos y visigodos se
establecen en la ciudad. Su territorio pasa a depender
administrativamente en de la diócesis de Astorga, a su vez
sufragánea a la de Bragança. Durante el siglo VII debió
conservar su condición de mansión como lugar de paso con
algunas funciones urbanas, pues en ella acuñan monedas los reyes
godos
Sisebuto y Suintila. En ambas emisiones se lee
"Semure", nombre con la que aparece citada en los
documentos de la época.
Aunque se
desconoce si fue ocupada o no tras la invasión musulmana, no hay
duda que su presencia debió ser duradera, habida cuenta de la
multitud de topónimos de origen árabe conservados.
Paradójicamente el nombre de Zamora parece derivar del vocablo
árabe "Zamarat", que significa esmeralda, piedra
preciosa que los árabes debieron confundir con la variscita,
mineral de color verdoso con posibilidades gemológicas que
abunda en la zona oeste de la provincia y cuyos yacimientos no se
duda en afirmar, ya que se explotaron en el siglo VIII. 
Poco sabemos de
estos años y de los que siguieron a la expansión cristiana. Las
crónicas medievales citan a Zamora entre las ciudades
conquistadas a los árabes por Alfonso primero. Más tarde
Alfonso II la fortifica construyendo una ciudadela a finales del
siglo IX. Alfonso III restaura Zamora construyendo sus murallas
sobre un emplazamiento
extraordinario, una meseta elevada
sobre peñas bordeada por un río caudaloso, haciendo de ella el
principal punto defensivo del Reino leonés.
Su consolidación como núcleo urbano estable se refuerza con la fundación de su sede episcopal, la presencia de la corte y del ejército y una activa vida mercantil que atrae a pobladores moriscos, judíos, francos... etc.
Sin duda la edad de oro de
la ciudad está unida a los siglos X al XIII, época popularmente
conocida por su protagonismo en la historia de la Península
ibérica. En estos siglos se conformó su estructura urbana y se
levantaron la mayor parte de sus edificios artísticos más
representativos.
De sus muros
salieron gentes para hacer la guerra, difundir la cultura y
repoblar ciudades. Aquí nacieron residieron y murieron muchos
reyes Castellanos-Leoneses como Alfonso III, Sancho II, Alfonso
IX, Fernando III el Santo... etc. Su territorio fue escenario de
las guerras fronterizas contra el Islam y de las luchas internas
entre los reinos cristianos perpetuados por la tradición
literaria en los romances del cerco de Zamora. A medida que la
frontera se aleja, Zamora ve perder paulatinamente su razón de
ser es decir, su función defensivo militar. A pesar de ello
durante los siglos XIV; XV; y XVI consolida su desarrollo
urbanístico. La destacada actividad de su industria autóctona
de paños bastos, su modesta artesanía, su imprenta, sus ferias
y su importante comunidad judía, una de las más numerosas de
Castilla, la hacen suponer como una activa vida económica.
Zamora pues al finalizar la Edad Media es uno de los principales
núcleos urbanísticos de Castilla y al estar representada en las
cortes evidencia aún su destacado protagonismo en la vida
política del reino. 
Aquí se resuelven las luchas nobiliarias por la sucesión a la corona castellana (guerra de la Beltraneja) que tras la victoria de Toro consolidan la Unión dinástica entre Castilla y Aragón, que representan los Reyes católicos.
Zamora va a jugar
un papel destacado en el movimiento de la comunidad de Castilla,
por el particular matiz que en ella tuvo la revuelta al ser
capitaneada por su obispo, Antonio de Acuña uno de los más
destacados y polémicos comuneros.
Los síntomas de la decadencia castellana se manifiestan en Zamora en el último tercio del siglo XVI, inicio de la regresión demográfica. En el siglo XVII la ciudad ofrece un panorama sombrío caracterizado por la despoblación, que causan el estancamiento agrícola, las malas cosechas, las carestías y epidemias y el esfuerzo fiscal. Esto trajo consigo el hundimiento de las actividades industriales y el debilitamiento de sus funciones urbanas.
El siglo XVIII supuso para la ciudad de Zamora una época de recuperación en todos sus aspectos. La coyuntura que se deriva de las guerras con Portugal y Gran Bretaña determinó una revalorización de su primitiva plaza fuerte. Con la nueva administración territorial Zamora pasa centralizar las principales funciones militares de Castilla la Vieja. Se construyen dos cuarteles y otras dependencias auxiliares, se instala la capitanía general, intendencia, academia militar... etc. que dinamizan la vida económica de la ciudad a través de los servicios que genera.
Se inicia una recuperación demográfica superando a mitad del siglo los 7000 habitantes. Hay un contingente importante de funcionarios y pequeña burguesía de los oficios y negocios, son también numerosos los artesanos, aunque siguen siendo mayoritariamente los campesinos, especialmente los jornaleros, criados del servicio y el clero.
No obstante la
ciudad ofrece el aspecto de una villa laborioso que acreditan sus
talleres de paños, encajes y blondas, sombreros y botones, sus
alfares de loza y cacharrería, sus herrerías, curtidos y
guarniciones... que trabajan para el abastecimiento de las tropas
fabricando su vestuario y otros pertrechos. 
El siglo XIX invierte de nuevo el signo de la recuperación económica. Durante la invasión francesa, su territorio es lugar de paso y escenario de enfrentamientos y escaramuzas entre las tropas francesas y las partidas guerrilleras de Julián Sánchez "el charro". La ciudad es tomada comienzo de 1809. La ocupación supuso un duro golpe para su patrimonio artístico, perdiéndose importantes obras de arte y valiosos fondos documentales. Incluso llegó a peligrar la misma Catedral, que se mandó derruirse si era preciso para una mejor disposición de las piezas de artillería. El ejército aliado al mando del general inglés Wellington la libera tres años después.
Tras la guerra, con la pérdida de su coyuntural función administrativo-militar, por el traslado a Valladolid de la capitanía general, la ciudad entra en un periodo de aislamiento y marginación.
El 1850
su población apenas llega a los 9000 habitantes tan sólo 1000
habitantes más que a finales del siglo XVIII. Todos los
observadores reparan en el atraso de su economía y en la casi
total falta de industria, reducidas a pequeños talleres
artesanales para la transformación de productos agrarios y
pañería de baja calidad. Al escaso significado de la industria
une un deficitario comercio, realizado de forma tradicional que
da salida a los vinos y al grano (únicos productos que son
excedentarios en la provincia). Sus administradores coinciden en
achacar el atraso y pobreza de su economía a la falta de
comunicaciones. Sin embargo cuando se la dota de una rudimentaria
infraestructura viaria la situación no mejora. Desde entonces la
ciudad y por efecto reflejo su provincia ha seguido un lento
proceso de desarrollo a partir de sus modestias posibilidades.
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